jueves, mayo 10, 2012

HACIA UNA ANTROPOLOGIA ESPIRITUAL.UNA TEORIA- El Libro

Me es grato informar que a través de la Editorial Académica Española (EAE), se ha editado y publicado el libro HACIA UNA ANTROPOLOGIA ESPIRITUAL. UNA TEORIA, ya disponible para la venta en www.morebooks.es. De esta manera se consolida aún más el propósito de este proyecto científico. Esperamos que aquellos interesados en ir más allá de las explicaciones convencionales y manidas acerca de la naturaleza y condición humanas, (expuestas de manera mistificada por las religiones en particular y sesgada hacia el materialismo por la academia tradicional) se decidan a consultar esta obra; a analizar sus propuestas y  debatirlas, para su aceptación o rechazo, dentro de un marco de argumentaciones sólidas, libre de prejuicios y con disposición a considerar alternativas de pensamiento,- aunque novedosas-coherentes y consistentes, lógicamente hablando. El mundo reclama un nuevo paradigma para re-interpretar la condición humana, sus componentes y antecedentes espirituales y su sino inmediato y a futuro. He aqui la página que pueden visitar.


publicación sin costo para

académicos

Hacia Una Antropología Espiritual, Una teoría.

Hacia Una Antropología Espiritual, Una teoría.

Antropología y Espiritualidad

Editorial Academica Espanola ( 03.05.2012 )

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ISBN-13:

978-3-8484-7827-9

ISBN-10:

3848478277

EAN:

9783848478279

Idioma del libro:

Español

Notas y citas / Texto breve:

Esta obra es un serio intento por determinar el punto de encuentro entre las categorías de pensamiento de la Antropología tradicional acerca de orígen del ser humano y su ígnota teleología, y aquellas aportadas por la Ciencia Espiritual, una forma de pensamiento sui generis de muy probable pertinencia, coherencia y consistencia lógicas. Al presente es evidente que la ciencia tradicional no ha podido responder de manera contundente las cuestiones fundamentales del ser humano:¿quienes somos?, ¿de dónde venimos?,¿para dónde vamos?. Por esto, es evidente que se necesita de un nuevo paradigma de conocimiento que vaya más allá de una vísión reduccionista y limitada por la perspectiva materialista de la realidad del mundo, que desconoce el carácter dual del ser humano en su doble condición de criatura biológica y espíritu encarnado; un espíritu infinito que determina su sino inteligente y es el ánima vital de su existencia y que pervive más allá de la muerte física. Pero este nuevo paradigma del saber debe rebasar el estrecho y pernicioso marco del pensamiento mágico-religioso, (ese de las creencias y las religiones positivas) de ilógico dogma y sesgada mistificación. Debe ser ciencia.

Por (autor):

Carlos Augusto Manrique Matiz

Número de páginas:

136

Publicado en:

03.05.2012

Categoría:

Religión / Teología
  

jueves, febrero 02, 2012

ALGUNOS ASPECTOS SOBRE EL DEVENIR DEL SER HUMANO COMO UN ESPIRITU ENCARNADO

Por: Carlos A. Manrique M.[1]

Con base en la Teoría Espiritual[2], cuando en el devenir evolutivo de los prehomínidos aparece una criatura con cierto grado de complejidad cerebral (hecho aunado a ciertas características morfológicas que le permiten deambular por el mundo de manera bípeda además de  disfrutar de una visión estereoscópica y unos miembros superiores dotados de una mano con pulgar oponible capaz de asir los objetos materiales), se dan las condiciones adecuadas para que encarne una unidad espiritual o espíritu[3] en lugar de un espíritu fraccionado o fracción espiritual como hasta ese momento se había dado.

De acuerdo con los hallazgos de la paleo antropología se asume que entre 4 y 7 millones de años[4] atrás hizo aparición sobre la faz del planeta Tierra una criatura que si bien conservaba algunos rasgos similares a sus parientes biológicos más cercanos, -los monos-, ya mostraba unas características peculiares que la hacían sustancialmente distinta a esos inmediatos antepasados; particularmente su decidido andar bípedo, junto con el abandono protector de los bosques, (decisión que le llevo a hollar con sus pasos las estepas del sureste africano presumiblemente en busca de otros horizontes); librándose de esta manera del determinismo genético que imponía a sus ancestros un estilo de vida arbóreo y una dieta de bayas, raíces y frutos, acorde con ese ecosistema. Por otra  parte se cree que la ingesta de carne contribuyo[5] decididamente en el ulterior desarrollo de su índice de cefalización, sumado al uso de incipientes herramientas que potenciarían su capacidad de transformación de la materia y su propia defensa.

Siguiendo a la Teoría Espiritual, se asume que en los prehomínidos encarnaron inicialmente partículas espirituales de un tamaño cada vez mayor, a medida que el desarrollo biológico de estas criaturas  posibilitaba las condiciones de complejidad necesarias para recibir una entidad espiritual con mayor grado de conciencia de sí misma, hasta facultar la encarnación de espíritus fragmentados y posteriormente la de espíritus o unidades completas, capaces de expresar un nivel de inteligencia superior y con la habilidad de comprender mejor su entorno para emprender a través de la cultura (entendida esta en un sentido básico como la relación del ser con su medio y la transformación de este) la emergencia de la civilización humana.

No deseamos ahondar en el aspecto biológico de este proceso, suficiente y claramente interpretado en la Teoría Espiritual; ni tampoco pretender establecer en qué momento justo se da esa transición de los prehomínidos al hombre como tal (entendiendo que dicho proceso, en sus comienzos, debió ser gradual y que la teoría de un eslabón perdido adquiere, dentro de este contexto, cierta probabilidad, cuando posiblemente de una generación a otra, deja de encarnar un espíritu fraccionado y encarna un espíritu completo como tal[6]).

Dentro de nuestra propuesta conceptual, lo que más nos interesa es relevar las características espirituales de estos seres, con base en los lineamientos de la Ciencia Espiritual propuesta y estudiada por la AECB[7]. Así, si lo hemos entendido, -dentro del contexto citado-, que toda la materia está compuesta por partículas espirituales, es decir, de partes hasta infinitesimales de espíritus fraccionados durante las guerras espirituales, podemos comprender la inteligibilidad que subyace en el mundo material; y, en consecuencia asumir que cada partícula espiritual encarnada, en proporción a su tamaño, habría de conservar cierta porción de sus atributos de creación (inteligencia, amor y libertad, según la doctrina de la AECB); expresos en el diverso grado de inteligencia que demuestran todas las formas orgánicas, en particular, esas criaturas (los prehomínidos) cuyo devenir evolutivo las llevaría a permitir la encarnación de un espíritu o unidad espiritual completa; en un fenómeno muy complejo, posteriormente reconocido como ser humano. 

De acuerdo con los hallazgos arqueológicos de los asentamientos humanos más antiguos reconocidos hasta la fecha, se ha detectado que estos primeros hombres mostraban el suficiente grado de inteligencia para comenzar a erigir una cultura con componentes tanto materiales (herramientas, armas, vestuario, control del fuego, cocción de los alimentos, etc., etc.) como de orden espiritual; estos últimos expresos a través del simbolismo que muestran sus pictografías, el tratamiento que daban a sus muertos y la incipiente cohesión social de la horda. Pero, aunque tal clasificación pueda parecer un poco arbitraria, de los hechos conocidos es posible inferir que esa inteligencia se manifestaba de una manera poco sofisticada; evidenciando con ello el precario grado de evolución espiritual de los seres allí encarnados.

Según la Ciencia Espiritual, durante el proceso de degradación de la perfectibilidad con que fue creado el espíritu, este fue perdiendo su lucidez original, en una especie de embotamiento de sus facultades primigenias; al punto de llegar a un estado de confusión tal que olvido quien era; y la práctica del error (con las guerras espirituales, particularmente), allá en la Dimensión Espiritual,  genero las condiciones que propiciaron la eclosión del universo material en donde posteriormente habría de encarnar para trabajar por su propia redención y la paulatina recuperación de su condición original[8].

En este orden de ideas es posible inferir que las primeras unidades espirituales que encarnaron fueron espíritus muy atrasados cuyas expresiones culturales guardaban estrecha correspondencia con  tal condición. A este hecho se sumaba su nula experiencia en el ámbito material y a causa de su limitada comprensión de los fenómenos de la naturaleza su vida espiritual era más intensa, de tal manera que en ellos la Mediumnidad Intuitiva[9] (o sexto sentido), era más determinante al grado que ellos apreciaban con una mayor intensidad esa relación primordial entre el mundo espiritual y el mundo material. De tal circunstancia surgiría una cosmovisión animista que les llevaría a creer (acertadamente, dentro de este contexto), que detrás de este mundo pletórico en fenómenos existían entidades nouménicas que le sustentaban y animaban.

Este hecho permite sospechar, entonces,  que el denominado pensamiento mágico-religioso del hombre primitivo debió surgir de manera concomitante al proceso de encarnación del espíritu que le animaba. Tal hecho implica, yendo más allá, que esta clase de pensamiento no es consecuencia de esa experiencia humana temprana, sino una expresión lógica de la naturaleza espiritual de la entidad espiritual (espíritu, en sentido lato) que allí encarnaba.

Siguiendo este orden de ideas, es factible considerar que ese espíritu debía ser portador, entonces, de una cultura espiritual acorde con su propio devenir desde que fuera creado. Por tanto, el origen y concepto de cultura habría de extrapolarse a esa otra dimensión: la Dimensión Espiritual. Siendo, en consecuencia, razonable pensar que la cultura evidenciada por los hombres primitivos estaría en relación directa con sus antecedentes espirituales. Y que la pertenencia de estos espíritus encarnados a distintas agrupaciones espirituales[10] significaría la aparición temprana de las etnias extintas y aún vigentes, sugiriendo con ello, además,  que la diversidad cultural no es una tan solo consecuencia de la adaptación a diferentes ecosistemas y procesos históricos particulares sino que guarda, también,  estrecha relación con una diversidad primordial e inmanente a cada individuo, en tanto ser único e irrepetible.

Así, la diferencia entre unos y otros, desde los primeros momentos de la humanidad, se explicaría por el carácter singular  de cada una de las entidades allí encarnadas; una diferencia que habría de matizarse aún más con la experiencia humana y las distintas circunstancias naturales que habrían de enfrentar las subsiguientes comunidades humanas. Pero esto no es algo tan simple de interpretar pues, de acuerdo con los lineamientos de la Ciencia Espiritual, se debe considerar que estos espíritus encarnados (sin excepción alguna), eran espíritus incursos en el error o equivocados (es decir desvirtuados de su condición original de creación en perfectibilidad); de ahí la aparición, también muy temprana, de la contradicción genocida y de los rasgos de carácter  equívocos (como el egoísmo, la envidia, el odio, la intolerancia, la ambición, la avaricia, etc., etc.) sujetos a la condición ético-moral de los individuos involucrados.

Este aspecto ético-moral, perpetuamente sesgado y subestimado por el análisis de la ciencia tradicional, viene a constituirse en una piedra basal en la erección de las subsiguientes sociedades humanas; de manera tan determinante que signará el devenir de la civilización humana como una saga (en su cariz negativo) de negación y genocidio; de abusos y de expolio; de esclavitud y sometimiento; tal y como la historia reseña. La contradicción de los espíritus incursos en la equivocación se traslado de la Dimensión Espiritual a la Dimensión Material, desde el primer espíritu encarnado[11].

Lo anteriormente expuesto supone una reevaluación de todo lo que las diferentes ciencias del hombre han establecido como causas y/o razones de la sempiterna contradicción humana. La visión estrictamente materialista de la problemática del ser humano ha llevado a sus apologetas a argüir que ésta deriva de causas inherentes al proceso social histórico. A determinar que los factores de tipo geopolítico y socioeconómico (la expansión territorial ; la producción de bienes y la aparición de las clases sociales) son sustancialmente los responsables de la guerra, de la inequidad, de la desigualdad y de la injusticia; quedándose en los efectos (léase bien, no causas) fenomenológicos de la contradicción previa que portara el espíritu equivocado desde mucho antes de comenzar a encarnar en el planeta Tierra.

En relación al proceso evolutivo de la especie humana, es pertinente señalar que la Ciencia Espiritual[12] explica que la evolución es una ley natural[13] (entendiendo por natural lo dado concomitantemente con el proceso de creación de todo lo existente, antes, con  y después de los mundos materiales); y que todos los espíritus están sujetas a ella, aún y a pesar de su propia estulticia; de tal modo, que, -sin considerar el aspecto exclusivamente espiritual-, es posible apreciar que la sociedad humana ha avanzado positivamente en muchos aspectos;  desde estadios básicos, rudimentarios y muy precarios hasta formas de organización complejas, harto sofisticadas. Un proceso que va  de la burda expresión de su inteligencia y sentimientos al desarrollo depurado de las artes, de la ciencia y del altruismo como expresiones máximas de su potencial cognitivo de la belleza y de la bondad. Tal ley, inexorable como todas las leyes naturales, ha provisto los medios para garantizar la elevación de la condición espiritual del hombre, aunque los hechos contradictorios y viles que aún prevalecen parezcan demostrar lo contrario. En un orden moral, solo los pesimistas y fatalistas per se, se quedarían mirando la miseria del espíritu y, estultamente, no comprenderían que es apenas lógico que una criatura (el espíritu) creada con la condición de perfectibilidad no podría perpetuarse en una situación de error y confusión, propendiendo evolutivamente hacia la recuperación de esa condición prístina. 

Pero, es obvio, que dentro de una perspectiva estrictamente materialista de la historia del hombre,  lo hasta aquí expuesto pueda parecer una simple elucubración especulativa o mera percepción subjetiva y  utópica. La negación ha sido parte de la dialéctica equivocada del pensamiento humano. Lo cierto es que tal criterio, en parte, ha sido y es  responsable de la tardanza que acusa el ser humano en la comprensión de su verdadera problemática que no se origina en su experiencia material (o socio histórica), absolutamente temporal,  sino que deriva de su condición espiritual, a la cual debe atender y revisar.

Ahora, dentro de la perspectiva que nos interesa, la de concebir a la cultura como un algo anterior a la experiencia humana, supone proyectar más allá[14], -a una dimensión inaprensible en términos físicos, y desconocida para una inmensa mayoría- la misma historia reconocida de la humanidad. Es decir, significa pensar que la historia de los hombres no comienza con ellos como tales sino con las entidades espirituales que les animan; y esto, por supuesto, representa una propuesta que choca de frente con la percepción empírica y positivista de la saga humana. Y tal desencuentro se fundamenta, entre otras razones,  en que el hombre en su afán por conocer la verdad (el propósito de esa actividad llamada ciencia) aún no ha implementado las herramientas adecuadas para poder acceder a esa perspectiva de conocimiento, obcecado por una visión estrictamente materialista de su origen y devenir.

Es pertinente señalar que tal obcecación se ha circunscrito particularmente al contexto de la llamada civilización occidental en franco contraste con algunas  de las civilizaciones orientales y las formas de pensamiento trascendente de una inmensa cantidad de culturas tradicionales para las cuales la noción de un mundo espiritual[15] no es ajena, sino inclusive necesaria para armar sus propias cosmovisiones y ontogénesis. Pero, curiosamente,  esto último no es del todo cierto si tomamos en cuenta que una fracción del pensamiento occidental admite las creencias o religiones relativas a un mundo metafísico; y en el ámbito de las sociedades modernas la pervivencia del pensamiento mágico-religioso es muy significativa[16] aunque, -desde la perspectiva del pensamiento científico tradicional-,  se asuma como una de las opciones imaginarias que ha tenido el hombre  en su búsqueda de sentido para su propia existencia; una especie de opción de segunda mano o una especie de remanente atávico y pueril de sus pretéritas épocas primitivas, carente de verdadera relevancia para esa otra fracción del pensamiento occidental autodenominada La Ciencia.

Prosiguiendo en nuestra perspectiva, lo cierto es que desde la más remota época de la historia de los hombres, el pensamiento mágico-religioso ha estado presente, como un telón de fondo o escenario frente al cual se ha desarrollado la saga humana. Y muy a pesar de los esfuerzos de algunos (desde los pogromos, pasando por la Inquisición, hasta las recientes limpiezas étnicas causadas por la diferencia en el pensamiento religioso) no se ha podido extirpar esa forma de pensamiento, aunque si haya sufrido transformaciones y se haya camuflado en formas sutiles, al menos para el contexto de la cultura occidental, demostrando con esta persistencia cuanta importancia reviste esta clase de pensamiento para el espíritu encarnado o ser humano.

Tal persistencia, tal inmanencia si se quiere, reclama una especial atención hasta hoy soslayada por el estamento científico que incapaz de superar sus propias limitaciones a causa de su ethos obcecadamente materialista se empeña en rechazar y combatir desde sus propias torres de cristal (a veces con preocupantes actitudes fundamentalistas) la pertinencia de una clase de pensamiento, que abordado desde la perspectiva adecuada podría representar el camino de las certezas definitivas. 

Es en este orden de ideas en el que nuestro esfuerzo por erigir, desde la antropología, un marco conceptual novedoso adquiere pertinencia. Pero tal novedad no radica en el descubrimiento de hechos o nociones que siempre han estado ahí, a la mano de las mentes abiertas e inquisitivas, sino en la manera de articular ciertos saberes desde una perspectiva distinta pero probablemente razonable, que puede demostrar coherencia y consistencia lógicas; aspectos estos que, sin importar su naturaleza, son los que verdaderamente han de interesar a quien se pretenda ser sujeto de ciencia. 

Tal propuesta implica, por otra parte, el estudio e implementación de una metodología sui generis  que la Ciencia Espiritual viene implementando desde hace al menos 90 años[17] y cuyo ejercicio le ha permitido el acopio de una significativa cantidad de información acerca de esa otra dimensión que determina e incide en la experiencia humana del espíritu encarnado. Tal metodología se denomina Mediumnidad o Sentido Espiritual o Actividad Mental[18].

De hecho, la misma Antropología se ha interesado desde tiempo atrás[19]  por este fenómeno aunque con un enfoque distinto y el uso de categorías nominales diferentes (trance extático[20]; percepción de realidad-no-ordinaria[21], etc., etc.). También  otros ámbitos del conocimiento, que tuvieron cierta pertinencia a finales del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX,  han abordado dicho fenómeno  (como la Metapsíquica[22] que los denomina Sexto Sentido, y la Parapsicología[23] que los llama  fenómenos PSI)  sin que por ello se hubiese podido llegar a conclusiones determinantes o definitivamente aclaratorias acerca de la verdadera naturaleza y dinámica del mismo.

Hasta el momento, lo cierto es que tan solo la AECB, a través de su doctrina, la Ciencia Espiritual,  es la única forma de pensamiento que ha aportado un entendimiento bastante razonable acerca de este fenómeno, incluyendo una descripción de las diferentes maneras en las que históricamente se ha manifestado. De tal aporte  podemos entender que los chamanes y brujos primitivos y contemporáneos, los augures y pitonisas de la antigüedad, todos los practicantes de las mancias; los curacas, medicine-man, curanderos y demás personajes afines, han sido y son seres humanos, o espíritus encarnados, que ha usado y usan la Mediumnidad aunque haya sido o sea de una manera empírica[24] y mistificada. En otras palabras, espíritus que reconocen la existencia de otros espíritus y la acción que estos ejercen sobre la vida cotidiana de los aquí encarnados, aunque tal conocimiento se exprese de manera mistificada e impregnada de un sentido mágico en el que confluyen atisbos de realidad entremezclada con la simple fantasía.

En un sentido extenso, también la Ciencia Espiritual enseña que todos los seres encarnados y por ende poseedores de una mente son potencialmente seres con capacidad mediumnímica, es decir con la facultad de establecer comunicación (como receptores y emisores) con ese mundo espiritual presente en esa otra dimensión existencial, etérea, primigenia y continente de esta dimensión existencial o universo material que conocemos. Y que existe al menos una clase de Mediumnidad activa en todos los seres humanos. -o espíritus encarnados-,  cual es la Mediumnidad Intuitiva, que incide permanente y decisivamente en la manera de pensar y en las acciones que afectan la vida de relación de los seres humanos, sin que estos (a causa de su desconocimiento de las realidades espirituales) tengan plena conciencia de ello.
Por todo lo anteriormente expuesto, es posible inferir que la pertinencia de la perspectiva del fenómeno humano aportada por la Antropología Espiritual es viable,  y como propuesta teórica es capaz de proveer elementos complementarios a la visión tradicional de dicho fenómeno, remitiéndole a una dimensión de alcances holísticos, cuya comprensión podría contribuir a responder las inquietudes fundamentales del thelos humano; y en el campo aplicado, contribuir a encontrar alternativas razonables para resolver la problemática que configura el sempiterno conflicto humano.


[1] Antropólogo egresado de la Universidad Nacional de Colombia.
[2] SANZ, E.,  SANZ, J. y MANRIQUE, C. (2012). La Teoría Espiritual. Aún por publicar. Para conocer esta teoría se puede ver en la WEB, un link que ofrece un curso online sobre la misma en: www.cienciaespiritual.com y/o www.spiritualscience.com, para los angloparlantes
[3] Ibídem.
[4] JOHANSON, D., MAITLAND, E. (1982). Lucy, El Primer Antepasado Del Hombre. Barcelona. Editorial Planeta
[5] HARRIS, M. (1986). Caníbales y  Reyes. Barcelona. Salvat Editores S.A.
[6] Si apreciamos las distintas especies reconocidas de homínidos, desde el Homo Ergaster, -pasando por el  Hombre de Neardenthal- hasta el Hombre de Crogmanon, podemos  ver una significativa evolución tanto biológica como cultural, que concluye en la aparición del Homo Sapiens Sapiens, definitivamente aceptado como el Hombre moderno o Ser Humano como tal.
[7] BASILIO, P. (1993). Libro de Conocimientos Espirituales. Buenos Aires. Editorial Escuela Científica Basilio
[8] Siendo esta la teleología inherente a la experiencia humana, según la Ciencia Espiritual.
[9] Entendiendo esta facultad como la posibilidad de establecer  un contacto directo  con el mundo nouménico o espiritual a través de la mente,  según explica la Ciencia espiritual.
[10]  Según la Ciencia Espiritual, los espíritus  equivocados se congregan en agrupaciones determinadas por el grado de afinidad entre sus miembros componentes; es decir por compartir unas mismas inclinaciones, proclividades o desviaciones hacia el error.  
[11] Basilio, P. (1993). Libro de Conocimientos Espirituales. Buenos Aires. Editorial AECB
[12] BASILIO, P. (2002). Ciencia Espiritual. Buenos Aires. Editorial Asociación Escuela Científica Basilio (AECB)
[13]  Aquí se hace necesario advertir que el concepto de lo “natural” también debería revisarse a la luz de la doctrina de la Ciencia Espiritual, pues dentro de su contexto,  los alcances de tal noción serían extensivos al momento mismo de la creación del espíritu, yendo, por tanto, en retrospectiva,  más allá de la posterior aparición del mundo material o universo físico.
[14] Tanto en su sentido lato como figurado ; este último relativo a la noción de un más allá metafísico, que claramente alude a la denominada Dimensión Espiritual, lugar de donde provienen los espíritus encarnados, según explica la doctrina de la Ciencia Espiritual.
[15] LÉVY-BRUHL, L. (1957). La Mentalidad Primitiva. Barcelona. Ediciones Leviatán.
[16] Basta ver el imaginario mágico-religioso. La presencia en los diarios de los horóscopos, y las consultas que muchos hacen a los adivinos, es una muestra contundente de esto.
[17] Con la fundación de la Asociación Escuela Científica Basilio (AECB) en 1917. Ver:  www.basilio.org.ar
[18] Expresiones que, dentro del contexto de la Ciencia Espiritual,  tienen un mismo significado aunque representan distintos momentos dentro de la dinámica histórica de la investigación espiritual adelantada por la AECB.
[19] FRAZER, J. (1992). La Rama Dorada. México. FCE
[20] ELIADE, M. (2001). El Chamanismo Y las Formas Arcaicas Del Éxtasis. México. FCE
[21] CASTANEDA, C. (1976). Una Realidad Aparte. México. FCE
[22] Concepto elaborado y trabajado por Charles Richet y William Crookes, entre otros.
[23] Representado por el trabajo adelantado en la Universidad de Duke por Joseph B.  Rhine.
[24] Es decir, sin conocer los verdaderos  fundamentos espirituales y regulaciones ético-morales que su uso implica, esto desde la perspectiva de la doctrina de la Ciencia Espiritual.

lunes, diciembre 19, 2011

HACIA UNA ANTROPOLOGIA ESPIRITUAL EN DESARROLLO

APUNTES PARA EL DESARROLLO DE UNA TEORIA DENOMINADA “ANTROPOLOGIA ESPIRITUAL”.

Por: Carlos A. Manrique M[1]

Acerca de la pertinencia de una línea de investigación -desde una perspectiva antropológica-, que implique la revisión de las formas de pensamiento relativas a la razón de ser o teleología del Hombre  que han surgido de la cultura  humana en general, es algo que no admite discusión. En principio, puede parecer una tarea mayúscula, si se tratara de revisar al menos las formas más destacadas o elaboradas y de mayor trayectoria histórica. El solo realizar un análisis comparado de las mismas supone un ingente trabajo que fácilmente podría requerir, además de un largo tiempo, un dedicado equipo de investigadores, los recursos inherentes para ello y un claro propósito, utilitario si se quiere, que deba rendir frutos prácticos a los hombres, como herramienta interpretativa,  en esa búsqueda con palos de ciego que hace de la verdad.  

Para abordar esta titánica tarea  se requiere una convicción en la utilidad de lo que se espera alcanzar: desde nuestra óptica se trata nada más y nada menos que de encontrar la manera de comprender y explicar la razón de ser de la humanidad; cual ha de ser su quehacer a través de la experiencia vital que cada individuo emprende, y hacia donde se deberá llegar una vez se viva de la manera en que se supone que deba hacerse; esto último de acuerdo con los preceptos de la Ciencia Espiritual[2], como un referente teórico necesario.

Cuando se habla de una convicción necesaria, tal visión se fundamenta en la inane inversión de inteligencia, tiempo, esfuerzo que han hecho muchos seres humanos (científicos) para aportar una grano de conocimiento en pro de la verdad; una que se intuye habrá de existir en alguna parte, con validez universal; por encima de tantas verdades particulares que lo único que han hecho es ampliar la brecha entre unos individuos y otros; permitiendo que algunos, aquellos con un carácter más impositivo, la impongan. Esa su verdad particular. 

Es lógico esperar que cómo criaturas que comparten un planeta en común, una biología y herencia genética prácticamente idénticas; además de rasgos culturales generales muy similares, deba poder hablarse de un origen común. Pero, lo cierto es que desde una perspectiva exclusivamente materialista resulta insuficiente la explicación de que podamos ser solo criaturas históricas, es decir temporales, y que nuestra experiencia vital concluya una vez muramos; sin  que nada perdure, aparte de nuestras obras materiales, inmersas en un mundo material que a todas luces se transforma y degrada; que a todas luces  se extingue (ver el caso de las innúmeras especies que han existido y que se han extinguido);  sujetas a una finitud que reduce al absurdo todos los sueños y esperanzas de los seres humanos, y que, dentro de este supuesto,  quedan ahí, carentes de la vida que una vez las ha sustentado; y, lo que es peor, de la inteligencia que las concibió, supuestamente extinta para siempre.  Nacer, crecer, vivir, crear, para solo morir.

Para una parte muy significativa de la humanidad histórica y contemporánea, esta perspectiva no es suficiente y no pocos de ellos están convencidos de la pervivencia del espíritu; es decir de esa parte inmaterial, se supone, que anima a los seres humanos y cuya existencia es eterna o infinita, según se cree.  Y tienen tanta fe en su existencia como los materialistas tienen fe en que no existe. Una verdad de puño es que no podemos establecer guarismos objetivos acerca de cuál de estas dos tendencias ideológicas ha tenido, dentro de la historia del mundo humano, mayor representatividad y permanencia. Pero, es quizá más fácil reconocer que a una ingente cantidad de personas los seduce la idea de que los seres humanos somos algo más que criaturas biológicas con un fin definitivo al momento de nuestra muerte. Y si vemos, exclusivamente, el pensamiento mágico-religioso a través de la historia podremos apreciar el enorme grado de incidencia cultural y el altísimo índice de presencia que tiene en infinidad de contextos culturales extintos, tradicionales y contemporáneos; inclusive dentro de las sociedades modernas.

El peso del pensamiento religioso es imponderable pues si miramos con objetividad cuanto define el quehacer cotidiano de gran parte de la humanidad, podremos apreciar que signa de manera determinante no pocas decisiones de orden macro político, e inciden en las determinaciones que grupos de poder económico y militar toman y cuyos efectos padece una porción significativa del resto de los mortales. Nadie puede negar el fundamentalismo presente tanto en occidente como en oriente, aunque de distinta presentación. Pero para un analista objetivo no existe mucha diferencia entre las teocracias de oriente medio, signadas por las directrices de un Imán y la voluntad política del presidente de la primera potencia, por poner un ejemplo, que empieza sus discursos admitiendo que ellos confían y creen en Dios. Un especulador de Wall Street, blanco, anglosajón y protestante, encontrará día a día fortaleza en su fe para tomar decisiones sobre el manejo del capital,  que pueden enriquecer y empobrecer a millones de personas en segundos, jugando con vidas que pueden pasar de la gloria a la miseria en segundos, y viceversa, con un solo grito de su voz: “compro”, “vendo”. De la misma manera en que un fedayín encuentra legítimo inmolarse en aras de la defensa de su creencia, atentando contra otros seres que él estima inferiores, por el simple expediente, de  no compartir su creencia religiosa.

La matrona que se persigna a la salida de su casa, antes de ir a hacer la compra del mercado; el soldado que se persigna antes de apretar el gatillo; el sicario que encomienda su nefasta acción  a la protección de la deidad; todos ellos sin excepción recurren a una clase de pensamiento que no es materialista, o si se prefiere, una creencia que carece de sustrato positivo o empírico en la realidad concreta del mundo. Ellos se soportan en una realidad, si se quiere, imaginaria, es decir que está en su magín o mente, y cuya certeza no depende de eventos materiales, aunque pueda estar relacionada con ellos, sino de algo que hemos llegado a llamar ‘la fe’. Es decir, la creencia en  algo indemostrable, inaprensible,  indescriptible, imponderable, desde la perspectiva burda de la materia o mundo atómico.

Y, a pesar de que la ciencia, esa otra forma de explicar el mundo material-concreto ha llegado al punto de fraccionar el átomo hasta sus partículas más elementales: y  hallado la manera de llegar hasta lejanos planetas para desde allá recabar información a través de sofisticados artilugios capaces de copiar, retratar, sintetizar la materia que esta allá; aun pervive en la conciencia de una no despreciable cantidad de seres humanos, que incluye científicos fundamentalistas, (es decir aquellos que a pesar de haber sido formados en los parámetros del rigor académico, creen fervientemente en Dios, para no, extendernos).

Podríamos decir que esta civilización, si contamos con los pre homínidos, alcanza cerca de los 7 millones de años; Y tras ese largo periplo, resulta paradójico, por decirlo de la mejor manera, que  el hombre moderno, en relación a su manera de abordar el cosmos y de verse a sí mismo, no difiere gran cosa de esa criatura primitiva que, primero,  en las estepas de África, y luego en las grutas de la Europa glacial, todavía opina que hay algo más allá de la realidad material que le ha correspondido vivir, y que su vida, al menos, aparentemente por abrir la mente a la conciencia,  comienza aquí, pero no termina aquí. Los argumentos de la ciencia para explicar este sentir no han satisfecho ni satisfacen la cuestión principal; por qué insistimos en pensar así, en algo que existe más allá, allende la materia. Por qué insistimos en concebir y perseguir una meta existencia.

Definitivamente, el ser humano no se conforma con las explicaciones  que hay.

Se asume que en las primeras edades de la especie humana, el hombre era como una especie de infante absolutamente ignorante de la realidad del mundo; una criatura  a merced total de una naturaleza hostil e impredecible. Se asume, entonces, que estos seres creyeron ver tras las acciones de las fuerzas naturales la presencia de entidades desconocidas a las que de alguna manera debían hacer accesibles y, entre sus primeros inventos,  conciben la magia  como herramienta de conjuro y mediación. Tal práctica conlleva el ejercicio de un ritual, cada vez más sofisticado, que ha de seguirse pautadamente so pena de encontrarse con el fracaso. Se asume que en un principio todos los miembros de estas hordas primitivas debieron participar de estos rituales, pero a medida que se ampliaba su horizonte demográfico y se hacían más complejos sus procesos sociales, se hizo necesario que hubiese especialistas, dentro de los cuales emerge preponderantemente la figura del mago o hechicero. Muy pronto, tal personaje encarna un poder particular que le sitúa en el tope máximo de la escala social, convirtiéndose en una figura necesaria pero temida.

Hoy sabemos que tales individuos empezaron a fundamentar sus quehaceres en un conocimiento cada vez más consistente de los fenómenos naturales. Una especie de observación sistemática de los eventos de la naturaleza, les permitió, en primera instancia, ser capaces de predecir acontecimientos, como los cambios estacionales y la influencia de la distancia de la luna en las mareas, entre otros sucesos. De igual manera se sabe que al contar con el tiempo necesario para ello, estos individuos comenzaron a experimentar con el uso de diferentes elementos naturales, reservándose para sí los efectos que estos producían, para hacerlos valer en momentos especiales, cuya misé-en-scene contribuía a aumentar su poder e influencia social. Paralelo a esto incrementaron el imaginario de sus comunidades respecto a la existencia de esas fuerzas supra naturales, dando origen a los cultos o creencias que con el correr del tiempo darían cuerpo conceptual a formas más elaboradas de pensamiento como las religiones.

Sin embargo, por razones obvias dada la inherente curiosidad del ser humano, ese saber acerca de los procesos naturales no estaba vedado al resto de los mortales y es así como otros hombres se dieron a la tarea de acopiar estas observaciones sistemáticas de la naturaleza hasta ir configurando el acervo de lo que más adelante, a partir de la edad moderna,  se convertiría en la ciencia. Por supuesto que esto no se logró de buenas a primeras, y que la reacción de aquellos que detentaban estos saberes por tradición (las castas de chamanes y luego de sacerdotes) siempre fue inquisidora y punitiva hacia aquellos que osaban arrebatarles algunos de los medios de su inconmensurable poder.

Un poderoso argumento fue el asociar estos saberes con la supuesta legitimidad exclusiva otorgada por las deidades hacia sus recipiendarios, que convertía en herejes a aquellos ajenos a su círculo que pretendiesen acceder a estos conocimientos. De tal manera, que desde siempre el conocimiento  fue un poder y signo la gesta humana como una perenne lucha entre la democratización de saberes y su uso exclusivo por una élite enquistada dentro de las sociedades a las que sometían gracias a su saber.   

Como un hecho incontestable, detrás de todos estos procesos, el pensamiento mágico-religioso fue una impronta imborrable. Y en la medida en que se erigieron formas de pensamiento más elaboradas en el ámbito de las representaciones simbólicas, con la concepción de panteones deíficos que supuestamente regían los destinos del hombre, parejo a la emisión de códigos que regularizaban la vida cotidiana a través de rituales iterativos destinados a ejercer un control a toda acción humana; también una pequeña parte de esa humanidad se dio a la tarea de desvirtuar tales concepciones mediante el uso de la razón y de la lógica. Esa ha sido desde siempre la principal lucha por la liberación de la incertidumbre y de la ignorancia.

Hasta aquí, hemos expuesto de manera muy sucinta y sintética, el devenir de una milenaria gesta. Pero esta exposición nos muestra las conclusiones que han surgido desde un sector de la ciencia positiva; de esa ciencia, que quizá en contraposición dialéctica al acendrado fervor del pensamiento mágico-religioso, ha llegado a erigirse como la portavoz de otra verdad revelada, incurriendo en un materialismo tan extremo como la mística de aquellos fundamentalistas que desde sus particulares creencias pontifican acerca de su propia verdad revelada. Lo cierto es que entre esos dos extremos subyace una humanidad urgida de explicaciones contundentes y veraces.

La sinrazón que impera detrás del genocidio y el expolio que aún rigen las relaciones entre los hombres, es suficiente argumento para tratar de encontrar una vía alterna que nos ayude a comprender la causalidad, más allá de las explicaciones de la geopolítica y del economicismo, de tantos hechos inicuos que sitúan a la humanidad en un cuestionable limbo entre la barbarie y la verdadera civilización. Lo cierto es que ninguna de esas dos maneras de imaginar el mundo, (la religión y la ciencia) ha servido de manera eficaz para explicar y comprender el problema humano y encontrar el camino idóneo para enmendar tantos yerros y alcanzar un mundo equitativo y justo para todos los seres humanos.

Pero tal proyecto esta erizado de grandes inconvenientes, más cuando la historia nos enseña como muchos iluminatti han pretendido señalar la senda conduciendo a millones de seres por la vorágine de la negación del otro y de la aniquilación total; demostrando con ello,  que al parecer no ha existido una propuesta totalmente incluyente; una que no signifique la exclusión de aquellos distintos, portadores de otros criterios y esquemas de valores. Y todo esto porque no se ha encontrado una verdad universal, que hermane a los hombres y les identifique con una comunalidad de origen y destino.

La diversidad de criterios, que llega al antagonismo y enfrentamiento en no pocos casos, ha servido para que muchos renuncien a emprender esta tarea; pues pareciera imposible conciliar posiciones extremas, como aquella que da cabida a la creencia en una vida extendida más allá de la muerte, y aquella otra que estima que todo empieza y termina aquí en este ámbito de mera materia.

Entre tantos esfuerzos, la Antropología ha servido para relievar la diferencia entre unos grupos humanos y otros, entre un individuo y otro, señalando la conveniencia, en aras de una convivencia pacífica, de ejercer el respeto a esa diferencia y practicar la tolerancia o acomodo hacia la misma. En donde estos criterios han sido aceptados, las relaciones de poder han sufrido cambios que van desde dominios absolutistas pretéritos hasta el surgimiento de sociedades en donde se aboga por la libertad del individuo y el reconocimiento de los DD.HH. Aunque la propuesta de la universalidad de estos DD.HH., es aún una tarea inconclusa, lo cierto es que marcha en la dirección correcta a pesar de los pesimistas per se  y de los estultos enemigos de la libertad.

El empoderamiento colectivo de este código de valores (los DD.HH.) es un buen ejemplo de que ha de existir, en alguna parte de nuestra racionalidad, una verdad válida para todos; a partir de la cual podríamos construir nuevos espacios para la diversidad sin exclusiones ni negaciones. Pero debemos ir más allá, pues aún perviven la negación y el exterminio como formas de relacionarnos; y no pocas de estas acciones están sustentadas en criterios fundamentalistas que provienen de ideologías tanto místicas como materialistas.

Es en este contexto en el que podría considerarse la pertinencia de cierta forma de pensamiento que busca correlacionar, de manera necesariamente ecléctica[3],  elementos de la concepción metafísica del mundo y el modelo metodológico de la ciencia  que se fundamenta en el uso de la lógica y de la razón, aunados a la experimentación empírica como vía probatoria de la teoría.

Como una manera de sincretizar estos paradigmas del conocimiento, surge la propuesta de una Antropología Espiritual (sin considerar que este nomenclatura arbitraria agote el sentido total de lo que se pretende abordar; siendo susceptible de ser modificada si así lo exigiere su decurso posterior). Tal propuesta entraña un cambio del paradigma materialista que signa nuestra concepción de la ciencia en occidente, para asumir que existen ciertos elementos de la esfera del pensamiento humano que tienen  visos de realidad, en el sentido que pueden probar su pertinencia lógico-racional aunque no puedan ser aprehendidos en el espectro de la materia física. Y entre esos elementos esta el Espíritu, como la entidad inteligente de condición inmaterial que anima a los seres humanos. En segunda instancia está el agregar que reconociendo la existencia de tal entidad por ende debe asumirse la existencia de un mundo espiritual que le contiene y define. En tercera instancia admitir que tal mundo ha de tener su propia dinámica y que tal dinámica ha de incidir, necesariamente, en el ámbito material en donde están encarnados los espíritus que animan a los seres humanos.

Entonces, la Antropología Espiritual se propone como un intento por comprender el aspecto espiritual que subyace a la experiencia humana, su incidencia y determinación, desde la aparición del primer proto humano hasta la emergencia del Homo Sapiens actual.

Tal enfoque supone asumir que esta dinámica espiritual ha determinado la evolución social del hombre (aparte de su evolución biológica, claramente reseñada en la Teoría Espiritual[4]) e incidido en las múltiples manifestaciones culturales e idiosincrasias extintas, estudiadas y reconocidas hasta la fecha. Lo puntual a señalar aquí, desde la óptica que nos inspira,  es el admitir una condición o manera de ser preliminar,  inherente a la constitución del espíritu y su devenir puramente espiritual, antes de encarnar en esa criatura biológica reconocida como ser humano, para explicar tanta diversidad (que determina y no que deriva del devenir cultural, como se ha creído hasta el momento) en los caracteres y conductas humanas.

El asumir una condición predeterminada para el ethos humano, a la luz de la antropología tradicional,  es, por lo menos,  una postura teórica controversial, pues supone que la historia de la humanidad, tal y como la reconocemos, no es el producto exclusivo de la interacción de los hombres, y de su relación con la naturaleza, -su hacer cultural-, sino también una consecuencia de la actividad espiritual anterior y concomitante a la experiencia humana.  

Tal propuesta nos lleva a revisar la pertinencia del pensamiento primitivo que admitía la existencia de un mundo inmaterial, habitado por entidades etéreas, que incidían sobre el mundo material[5]; hecho que destaca la temprana relación intuitiva del ser humano con el mundo espiritual de donde proviene su ánima o espíritu. Y a ver desde otra perspectiva el papel de la magia y del pensamiento mágico-religioso como maneras de entablar un diálogo pseudo inteligible (a falta de conocimientos precisos) con este mundo de contornos y contenido difusos; difícilmente aprehensible desde la burda materialidad que suponía la incipiente existencia humana; pero con presencia inmanente, omnipresente y determinante en su devenir histórico.

Para ampliar nuestro marco de comprensión, debemos agregar la perspectiva teleológica que la Ciencia Espiritual define para la experiencia humana. Grosso modo, el espíritu encarna (anima a un ser humano) para reparar su equivocación y trabajar en pro de recuperar la condición de perfectibilidad con que fue creado. Es decir, que aquí, en este vasto planeta han encarnado y encarnan, espíritus equivocados que han debido trabajar y trabajan por su propia redención, superando las limitaciones a las que sus errores, allá en el ámbito espiritual y, posiblemente, en existencias humanas anteriores, les ha conducido.

Limitaciones expresas en una idiosincrasia caracterizada por un egoísmo a ultranza, en primera instancia,  y la falta de respeto por el otro, llevada al extremo, en su negación, abuso y expolio. En otras palabras, a reconocer en el otro a un hermano (por su común origen espiritual) y la necesidad de replantear la relación habida en términos de fraternidad,  equidad, solidaridad y justicia[6].

Es claro que esta perspectiva entraña una revisión generalizada de muchos de los paradigmas que la Antropología tradicional ha acuñado, sin desmedro de poder hacerlo con otros paradigmas del conocimiento, cuya experticia escapa al ámbito de nuestra especialidad científica. Esto queda claro, pues se entiende que al tratar del espíritu encarnado de manera general, de igual manera se atiende a todas sus manifestaciones, siendo la ciencia solo una de ellas, sin importar la especificidad del saber abordado.

Tenemos muy claro que esta es una labor de muy difícil quehacer y de alcances insospechados (aunque descartamos la opción de las hogueras), pues no desconocemos la profunda reticencia que hay en no pocos espíritus respecto a reconocerse a sí mismos como tales; a admitir su error; resultándoles más cómodo pretender creer y promulgar que la existencia del ser humano es un mero hecho biológico, pues temen ahondar en un conocimiento que podría suponer la crítica total a un statu quo que les beneficia en particular, pero que tan solo ha demostrado cuan inicuo puede ser el hombre para el hombre mismo y cuan miope es su visión cuando opta por estar circunscrito al limitado y finito mundo de las formas materiales.





  





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[1] Antropólogo egresado de la Universidad Nacional de Colombia.
[2] Doctrina filosófico-religiosa propuesta y practicada por la Asociación Escuela Científica Basilio-AECB. Ver: www.basilio.org.ar
[3] Y decimos ecléctica porque estimamos que en la enorme variedad de formas de pensamiento mágico-religioso hay elementos comunes que suponen una comunalidad de origen y  que pueden ser aislados y reunidos en un nuevo ordenamiento a través de la razón y de la lógica, utilizando como parámetro conceptual esa otra forma de pensamiento propuesta que es la Ciencia Espiritual y el rigor metodológico de la ciencia formal.
[4] Esfuerzo científico sui generis por integrar los conceptos básicos de la Ciencia Espiritual propuesta por la AECB y los últimos hallazgos, entre otros,  de la Biología Evolutiva y Molecular y la Física de las Partículas Subatómicas, para explicar el origen, razón de ser y finalidad, de la materia en general, del universo y de los seres vivos, incluido el hombre, en particular. El texto de soporte de la Teoría Espiritual se encuentra en proceso de edición, pero sus conceptos fundamentales pueden consultarse en www.isrsp.org y a través del link específico de la página www.cienciaespiritual.com, que provee un curso OnLine para familiarizarse con los lineamientos de esta teoría.
[5] LEVY-BRUHL, L. (2003).  El Alma Primitiva. Barcelona. Ediciones Península
[6] Basilio, P. (1993).  Libro de Conocimientos Espirituales. Ciclo Básico 1ª y 2ª Parte. Buenos Aires. Editorial Asociación Escuela Científica Basilio (EAECB).